Centro Histórico de Mazatlán - Parte IV Por Jesús de Avila - Noticias Let's Go2Mazatlan- Agosto 2008
En su libro “Mazatlán a dos Voces”, Alfredo Ibarra Rodríguez [nacido en Diciembre de 1903] y Héctor R. Olea Castaños, narran acerca de una época en la que los padres, cogiendo de la mano a sus hijos para que no se perdieran entre la multitud, caminaban por las angostas banquetas de las calles del centro de Mazatlán, mientras que los mazatlecos sentados en sillas o mecedoras afuera de sus casas, al tiempo que charlaban con vecinos o con quienes se detenían para saludarlos, contemplaban el ir y venir de los transeúntes. En aquellos días —distinguen los escritores— una persona respetable tenía la obligación de saludar o contestar el saludo como exigencia de la cortesía popular que se habituaba. Esta buena costumbre aun existe entre los mazatlecos, gente que ante cualquier circunstancia manifiestan su calidez y alegre franqueza. Caminando por las limpias calles del Centro Histórico, confirme que efectivamente las banquetas son como los escritores describen, llegando a mi mente imágenes de algunas posibles escenas de aquellos días.
Mientras más se conoce la historia de Mazatlán, más se valora cada uno de los edificios que forman parte de su Centro Histórico, y más se desea escudriñarlos esperando revelen diversos momentos históricos y aspectos de la vida de todos aquellos que formaron parte de una gran sociedad, que influenciada por diversas y ricas culturas, dieron vida a una época de gran movimiento comercial que trajo progreso a la región, y que influencio significativamente la economía de todo el país.
Se dice que todo en la vida se conforma de “ciclos”, y en algunos casos al terminar con uno, se regresa a la posición o lugar desde donde se inicio, y es entonces cuando con base en nuevas perspectivas, se puede comenzar un nuevo ciclo para ―en un contexto diferente― repetir fielmente la historia, o para crear una completamente distinta. Al observar el continuó trabajo de restauración del Centro Histórico [Patrimonio Cultural de la Humanidad], se puede percibir que a partir de la gran manifestación de la riqueza cultural de Mazatlán que representa —dormida durante muchos años—, el compromiso actual a través de un ambicioso proyecto, es iniciar un nuevo ciclo donde la historia que se ha comenzado a escribir proyecta el desarrollo de la ciudad hacia latitudes sociales, culturales, turísticas e inmobiliarias, posiblemente no imaginadas antes.
Continuando con el recorrido….
La Mansión de Los Paredes
Ubicada en la calle Venustiano Carranza, a sólo unos cuantos pasos de la Casa de la Cultura de Sinaloa, esta imponente construcción de dos plantas, es una de las más grandes que se ubican en el Centro Histórico.
Esta mansión se acabó de construir en el año de 1907 y perteneció al inversionista minero y político Don Antonio H. Paredes. Su estilo arquitectónico es ecléctico, definitivamente europeo y un poco contrario al que predominaba en el Mazatlán de esos días, ya que su diseño fue idea de un joven francés estudiante de arquitectura, compañero del hijo del Sr. Paredes en la Universidad de Michigan.
La mansión tiene espaciosos sótanos, peculiaridad que no tienen las otras casas antiguas de la ciudad, además de incluir detalles y acabados de corte Neoclásico y Barroco francés, que contribuyen a darle a su estructura una belleza impresionante. Además de su imponente tamaño, la mansión se distingue por sus acabados y los materiales que se utilizaron, aspectos que la convierten en una auténtica joya arquitectónica. Dignos de admirarse, son sus techos con molduras y preciosas balaustradas, la puerta principal tallada y sus columnas de estilo Lonico y Dórico que lo dejarán absorto.
A la entrada principal, se llega por una escalera cubierta con un porche que tiene en su parte superior un pequeño balcón que invita al descanso. Los adornos y detalles de las ventanas superiores son exquisitos.
Durante la toma militar de Mazatlán por las fuerzas revolucionarias en el año de 1914, la familia Paredes abandona la ciudad y la casa fue requisada para que sirviera de cuartel militar.
La Casa Hidalgo o Casa de La Cultura
Esta casa fue construida a fines del Siglo XIX por la familia Hidalgo, quienes en ese tiempo, además de tener inversiones en bienes raíces y ser dueños de varios barcos de vapor, eran propietarios de la ferretería y depósito de materiales de construcción más grande de la ciudad.
Este bello edificio de una planta se terminó de construir en el año de 1896 y sirvió de casa matriz para los negocios de la compañía, la que se vio forzada a cerrar en tiempos de la Revolución. A partir de entonces el edificio ha tenido muchos usos. Algún tiempo, albergó oficinas gubernamentales de nivel federal. En 1980 el gobierno lo compró para construir en ese lugar la Casa de la Cultura. Sus bellas ventanas y el hermoso jardín frontal con sus bancas se hierro forjado, dan al conjunto arquitectónico un ambiente y grandiosidad inigualable.
El trabajo de restauración fue excelente y apegado al diseño original, y como resultado en el edificio, se puedan presentar todo tipo de exhibiciones y actividades relacionadas con la cultura en general.
Casa de los Echeguren
Durante el siglo XIX nadie como la familia Echeguren, llegó a tener la fortuna y prominencia social y política. El patriarca de la familia, Don Martín Echeguren, de origen español, era un rico comerciante propietario de minas, barcos, bancos, la fundición más grande del país, fábricas textiles e innumerables propiedades urbanas.
Esta propiedad de una planta, se construyó en el año de 1870 y su estilo arquitectónico es muy sobrio, pero sus interiores eran muy amplios y grandiosos, tanto que durante mucho tiempo sirvió como hospital privado y oficina estatal de recaudación de impuestos y transito vehicular.
Al morir Don Martín Echeguren en el año de 1876, su esposa Doña Concepción Moreno, abatida por la tristeza, decidió cambiar su residencia a la ciudad de París, Francia, y al tiempo sus hermosas y encantadoras hijas de origen mazatleco, se desposaron con el Conde de Mayol de Lupé, el Vizconde de Chollet y el Barón de Dampierre nobles franceses pertenecientes a la más alta aristocracia.
Casa de José Vicente de la Vega
Esta propiedad ubicada en la esquina que forman las calles Constitución y Niños Héroes, es una de las más antiguas de Mazatlán, de acuerdo a los registros que se han podido consultar, este edificio se construye en el año de 1837. Una de las características de esta construcción es que a diferencia de las que se hicieron en esos tiempos, sus techos son de baja altura y las seis habitaciones del segundo piso que dan a la calle Constitución, tienen balcones individuales, al contrario de las ubicadas en el lado de la calle Niños Héroes, que comparten un sólo balcón corrido, que era lo que generalmente se acostumbraba. Se dice que esto quizás se debió a que el dueño de la casa tenia hijas en edad de merecer, y que con el propósito de complacerlas, a cada una les mandó a poner su propio balcón, para que de allí pudieran platicar con sus pretendientes.
La casa de una planta que colinda con la propiedad por la calle Niños Héroes, reúne las mismas características arquitectónicas, por lo que se presume que también formaba parte del edificio principal.
Al paso de los años, el Sr. De Laveaga —propietario de la casa— tuvo problemas legales que lo hicieron desaparecer apresuradamente, deshaciéndose de todas sus inversiones en la ciudad y huyendo con su familia al estado de California, en un vapor especialmente fletado para ese fin, ya que se cuenta que solo así pudo transportar una exagerada cantidad de cajas repletas de barras de oro y plata. El Sr. De Laveaga, nunca retornaría a Mazatlán y al morir en circunstancias extrañas, dejo una fortuna calculada en 400,000 dólares, que en esos tiempos casi equivalía al presupuesto de un pequeño país centroamericano.
Edificio de loa Raynaud
Este magnífico y hermoso edificio, ubicado en la que era la calle principal y que hoy lleva por nombre Belisario Domínguez, se caracteriza por tener un diseño arquitectónico impresionante y muy bien logrado. Originalmente fue el espacio en el que funcionaba la afamada Mercería Francesa, de Don Germán Bastón en el año de 1847.
Desafortunadamente, este almacén comercial quebró y se vio obligado a cerrar sus puertas en el año de 1900, situación que aprovechó para adquirirlo uno de los socios de la compañía de nombre Don Luis Reynaud. Este personaje era un rico comerciante por su propio derecho, y durante muchos años fue cónsul francés en Mazatlán.
En el período comprendido de 1904 a 1906, este prestigiado comerciante ordenó la construcción de este edificio. Dignos de admirarse como detalles de la construcción, son el piso superior de un diseño arquitectónico grandioso, donde a simple vista de puede observar que los marcos y ventanas recibieron un tratamiento más elaborado y complicado, así como sus balcones y cornisas que rematan la azotea del edificio.
Aún se pueden admirar algunos azulejos de color azul y amarillos pintados a mano probablemente de origen español. La parte posterior del edificio tiene un estilo arquitectónico diferente, esto quizás porque a este cuerpo del edificio se le destinaba para servir de morada para la numerosa familia del Sr. Reynaud. Aún se pueden admirar unas ventanas adornadas muy profusamente con azulejos y amarillos del tipo Talavera de la Reina, que fueron traídos expresamente de España. Es importante no pasar desapercibidos los balcones del segundo piso, que fueron hechos de madera, al igual que los tejabanes recubiertos de tejas de barro que protegían del radiante sol a los aposentos interiores. Todos estos detalles arquitectónicos muy raros en los edificios de aquella época.
El Centro Histórico de Mazatlán y su impactante colorido, son actualmente un vibrante libro abierto que muestra con absoluta claridad, el esplendor de una magnifica etapa de la vida del puerto, un tema que por si solo esta capturando la atención de visitantes e inversionistas nacionales y extranjeros.
Como nunca antes, las propiedades en el centro de una ciudad, están atrayendo la mirada de compradores potenciales en quienes por encima del incremento de la plusvalía, que ahora es inevitable, tienen el interés de preservar y disfrutar —no el pasado― más bien de la esencia que en el pasado inspiro a un pueblo para surgir en medio de adversidades, y convertirse en un centro de negocios mundial, que hoy tiene, por derecho propio, el privilegio de resurgir para ser contemplado, admirado, reconocido y disfrutado por el mundo. Enviar a un amigo